He probado decenas de cables USB-C y esto es en lo que aconsejo fijarse para no tirar el dinero

  • No todos los cables sirven para lo mismo y es fundamental tener claro el uso que le vamos a dar

  • Además, las marcas poco conocidas o fantasmas nunca las aconsejo: lo barato puede terminar saliendo caro

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Jose Antonio Carmona

Editor Senior

Cuando los cables USB-C llegaron al mercado, lo hicieron con una promesa bajo el brazo: acabar con las dudas a la hora de elegir un cable según el tipo de conector y sus funciones. Pero la realidad es otra. Después de probar unos cuantos, he comprobado que, aunque por fuera parezcan iguales, hay diferencias importantes. Por eso, cuando alguien me pregunta, siempre recomiendo fijarse en varios detalles clave.

Y esto también explica por qué hay cables USB-C de precios tan distintos: desde modelos muy baratos (de esos de los que yo siempre desconfío) hasta otros sorprendentemente caros. Cada uno ofrece especificaciones y características diferentes, y elegir el adecuado depende de tus necesidades. Si tienes dudas, aquí van los puntos en los que deberías fijarte.

Comprar un cable USB-C parece fácil, pero la realidad es que no todos los cables son iguales, aunque por fuera se vean idénticos. Aquí te explico en qué debes fijarte para no dañar tus dispositivos y sacarles el máximo provecho.

Índice de Contenidos (9)

Tener claro qué uso le vas a dar

USB

Es uno de los puntos básicos: tener claro para qué quieres usar el cable, porque no es lo mismo elegir uno solo para cargar un dispositivo que buscarlo para transferir datos. En este sentido, podemos distinguir tres grandes categorías de cables según su función:

  • Solo carga: están optimizados para pasar mucha energía (tecnología Power Delivery), pero son lentos transmitiendo archivos.
  • Activos (de largo alcance): tienen chips internos que amplifican la señal. Son ideales si necesitas un cable muy largo sin perder velocidad ni potencia.
  • Multitarea (Universales): son los más completos. Sirven para cargar a máxima velocidad, pasar datos pesados y hasta conectar monitores (vídeo). Suelen medir entre 0,8 y 3 metros.

Huye de las marcas fantasma

ugreen Una marca de calidad Imagen Amazon

El puerto USB-C es solo la forma del conector; lo importante es la tecnología que lleva dentro, algo que ya explicaron muy bien nuestros compañeros de Xataka. Y por eso las marcas de prestigio invierten tanto en el hardware interno: conviene no fijarse únicamente en el precio ni lanzarse a por lo más barato.

De hecho, muchas marcas económicas ni siquiera especifican claramente sus prestaciones en la caja: no indican la velocidad real de transferencia, o lo dejan ambiguo, y eso a mí me hace desconfiar. Por eso suelo aconsejar invertir un poco más y apostar por marcas conocidas como Anker, Apple, Ugreen o Baseus, que al menos garantizan unos estándares mínimos de calidad y seguridad.

La velocidad importa

USB-C

Si quieres un cable que te sirva durante los próximos años, lo ideal es apostar por modelos con certificación Thunderbolt o USB4. A día de hoy, son los que ofrecen mayor velocidad de transferencia: pueden alcanzar hasta 40 Gbit/s, lo que se traduce en mover archivos enormes en cuestión de segundos. Son más caros, sí, pero suelen merecer la pena porque tardan mucho más en quedarse obsoletos.

Tanto en este apartado como en el anterior, mi consejo es el mismo: fíjate en el logo y los símbolos del propio cable. Los fabricantes de calidad suelen estamparlos en el conector para indicar claramente qué velocidades y funciones soporta.

  • El tridente USB: si ves el logo clásico del tridente USB, el cable soporta datos (mínimo USB 2.0).
  • SS (SuperSpeed): si ves las letras "SS" o un número como 5, 10, 20 o 40, es un cable de datos de alta velocidad.
  • Rayo (Thunderbolt): si tiene un rayo con un número (3 o 4), es un cable de gama alta que soporta datos ultrarrápidos, vídeo y carga potente.
  • Sin logo: si el cable es completamente liso, es sospechoso. A menudo son cables genéricos que vienen con auriculares o juguetes recargables y suelen ser de solo carga o de velocidad de datos muy lenta (USB 2.0).

Revisa la potencia de carga

Para que tu móvil, portátil u otro dispositivo cargue rápido intervienen tres piezas clave: el cargador (ya conté que yo suelo buscar que sea GaN), el dispositivo y, cómo no, el cable. Y aquí no hay truco: los tres tienen que ser compatibles entre sí.

Por ejemplo, si tu teléfono puede cargar a 45 W y tienes un cargador que lo soporta, pero usas un cable básico que solo admite 15 W, la carga irá a paso de tortuga. Por eso conviene asegurarse de que el cable aguanta los vatios (W) que necesitas. Normalmente puedes comprobarlo en las especificaciones de la caja, en la etiqueta o en la ficha del producto.

Evita los cables híbridos (USB-C a USB-A)

Pexels Caleboquendo 7772543 Usar un adaptador es mejor Foto de Caleb Oquendo:

Si compras un cable con un extremo USB-C y el otro el USB grande de toda la vida (USB-A), estarás limitando el rendimiento automáticamente. Para exprimir al máximo la velocidad (y, en muchos casos, también la carga), lo ideal es que el cable sea USB-C en ambos extremos.

Y sí, ya te estoy oyendo: “Oye, Jose, es que mi equipo solo tiene puertos USB-A”. En ese caso, mi recomendación es clara: si necesitas conectarlo a un puerto antiguo, usa un adaptador aparte. Se encuentran por muy pocos euros, tanto en tiendas físicas como online, y así mantienes el cable “bueno” preparado para cuando uses puertos USB-C.

Vigila la longitud

Ya vimos que la longitud influye a la hora de transmitir datos en cables de red o en conexiones HDMI, y con un cable USB no iba a ser distinto. Si quieres un rendimiento adecuado, elige siempre la longitud justa para el uso que le vas a dar.

Por ejemplo, si necesitas un cable para cargar el móvil y tienes el cargador cerca, no tiene sentido comprar uno de tres metros: mejor uno más corto. Si te pasas de largo, acabarás con un cable incómodo, enredado, y es fácil que termines dando tirones sin querer… con el riesgo de dañar el conector o incluso el puerto del dispositivo.

Fíjate en el peso

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Puede que alguna vez hayas oído esa frase de “si pesa más, es mejor”. Y aunque suene un poco exagerada, en el caso de los cables USB-C no es una idea tan descabellada.

Sin ser una regla infalible, un cable algo más pesado suele indicar materiales internos más gruesos y mejor protegidos, algo que se traduce en una señal más estable y, a menudo, en mayor durabilidad. Hablamos de mejor electrónica en los conectores, uniones más sólidas y detalles como una malla trenzada o un recubrimiento reforzado que le da más resistencia al uso diario.

Cuidado con los cables viejos

Una de las cosas que siempre recomiendo es renovar los cables cada cierto tiempo. Si en casa tienes cables USB-C que ya acumulan unos cuantos años, plantéate cambiarlos.

Un cable con cinco o seis años puede haberse quedado atrás. Los estándares han evolucionado, también en seguridad y gestión de energía, y un cable antiguo puede no manejar igual de bien picos o variaciones de tensión. Al final, no solo es cuestión de velocidad: también puede estar en juego la salud de la batería (y del propio dispositivo) si lo usas con equipos modernos.

Cuidado con los adaptadores

Para el final te dejo un consejo extra, relacionado con esos adaptadores imantados que prometen hacer mucho más cómodo el gesto de conectar y desconectar el cable. Ojo, porque aunque parezcan una idea genial, pueden ser peligrosos.

El estándar USB-C está pensado para conectarse y desconectarse físicamente de una forma controlada. En cambio, los sistemas magnéticos pueden provocar malos contactos al separarse, e incluso pequeños microcortocircuitos si hay suciedad, humedad o una desconexión “a medias”. Además, no siempre garantizan que la energía se corte a tiempo, y eso puede acabar afectando al puerto o al propio dispositivo.

Foto de portada | giuse en Unsplash

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