Estamos acostumbrados a que algunos utensilios de plástico como las botellas sean de un solo uso, o de unos pocos en el caso de que optemos por rellenarlas, habiendo interiorizado que si seguimos utilizándolas podremos tener problemas de salud debido a su deterioro.
Sin embargo, luego llega la hora de guardar esas lentejas que acabamos de cocinar para el día siguiente y volvemos a sacar el mismo táper de siempre del mueble de la cocina, que lleva con nosotros casi desde la primera comunión. ¿Hay algún riesgo?
Los táperes no son eternos
El plástico de los táperes viene en muchas variedades con características específicas según su uso, aunque generalmente los de estos recipientes de cocina están hechos de polipropileno, conocido por su estabilidad y resistencia al calor.
Según la legislación europea, los recipientes plásticos aptos para uso alimentario deben llevar un sello distintivo, como el símbolo de un tenedor y una copa. Este sello garantiza que, en condiciones normales de uso, el recipiente no liberará componentes en el alimento en cantidades que representen un riesgo para la salud, como explican organismos como la OCU, la Agencia Catalana de Seguridad Alimentaria o la AESAN.
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Cada táper tiene una serie de símbolos que sirven para determinar si es adecuado o no para un cierto tipo de uso. Estos símbolos aparecen en la parte inferior y obedecen a una normativa europea, que ayuda al usuario a conocer para qué sirve cada modelo:
- Una copa y un tenedor quiere decir que el táper es adecuado para contener alimentos.
- Unas rayas en zigzag indican que soporta bien el calor y puede ir en el microondas.
- Un plato con lluvia encima nos dice que es apto para lavavajillas.
- Una figura de nieve, que puede ir en el congelador.
- Un microondas, significa que se puede calentar.
Pero claro, aunque nuestro modelo lo usemos de forma correcta, el material no es eterno y con el paso del tiempo y el uso va a ir degradándose por distintos motivos, como el calor a la hora de alentarlo o depositar alimentos en su interior, la acidez de algunos de ellos, la limpieza en el lavavajillas, etc. Esto puede hacer que parte de sus componentes pasen a los alimentos produciendo varios efectos.
Para empezar podemos tener cambios en el sabor y aroma de la comida. El típico "esto sabe a plástico" que podemos notar fácilmente y que aparece una y otra vez aunque lo lavemos. Pero además del sabor, puede suponer un riesgo para la salud si estamos comiendo microplásticos procedentes del envase todos los días.
¿Qué podemos hacer? Si notamos un sabor u olor raro, mejor de usar ese táper. Pero aunque no lo notemos, también podemos comprobar que el envase no tiene grietas, rallas, cortes, zonas quemadas, arañazos o roturas visibles y que al tacto no se note la superficie rugosa, salvo que fuera así de fábrica por el diseño.
Si encontramos este tipo de señales lo más recomendable es pensar en cambiar el recipiente por uno nuevo, también por higiene, puesto que con este tipo de muescas es más fácil que se formen colonias de bacterias y microorganismos que son difíciles de eliminar con el lavado regular.
Además, en el caso de que usemos el táper con frecuencia para calentar comida en el microondas, o lo lavemos en el lavavajillas, este tipo de exposición puede liberar sustancias químicas dañinas como el Bisfenol A, un disruptor endocrino capaz de causar desequilibrios en el sistema hormonal a concentraciones muy bajas y con posibles repercusiones sobre la salud, por lo que conviene vigilar con cierta frecuencia el estado de nuestros táperes.
Incluso si nuestro modelo es de cristal, en general tendrá una tapa de plástico, por lo que no está de más vigilar que esta parte se encuentra en buen estado, cambiarla si es necesaria o desechar todo el táper si no encontramos repuesto.
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