Vivimos en un auténtico vaivén térmico. Después de unos días que parecían una primavera adelantada, en buena parte del país hemos vuelto al “club del invierno”, con temperaturas que en muchos sitios rozan los 0 °C. Y justo en días así es cuando más se agradece tener la casa a una temperatura agradable.
En un contexto en el que los conflictos bélicos encarecen fuentes de energía como el gas, el petróleo e incluso la electricidad, conviene mirar alternativas para mantener el hogar caliente de forma eficiente. Una de las menos conocidas son los llamados pozos canadienses. Así que vamos a ver qué son realmente y cómo funcionan para ayudar a conservar el calor en casa.
Mantener una vivienda confortable no siempre implica dejarse una fortuna en la factura (estos días se nota especialmente) ni llenar el salón de aparatos ruidosos. Ya hemos hablado de opciones distintas a la calefacción tradicional y ahora toca poner el foco en los pozos canadienses (también llamados pozos provenzales).
Y ojo, porque no es ninguna tecnología nueva. Los pozos canadienses o provenzales llevan con nosotros desde hace milenios. Se pueden entender como una especie de “aire acondicionado” natural, que aprovecha la energía térmica del propio suelo.
¿Cómo funcionan?
Cómo cuentan en Geotermia Vertical, el truco está en aprovechar la temperatura más estable del subsuelo. Mientras que en la capa superior de la tierra en la que vivimos los cambios de temperatura se notan fácilmente y son mucho más drásticos, la temperatura bajo tierra se mantiene prácticamente constante durante todo el año a partir de los dos metros de profundidad.
De hecho, es algo parecido al sistema que usan las casas cueva, donde la temperatura es mucho más estable: no hace tanto calor en verano y en invierno las temperaturas son mucho más suaves.
Qué hace falta
Un pozo canadiense no solo lleva tuberías enterradas: también necesita varios elementos para funcionar bien. Entre los dispositivos que requiere hay un captador de aire exterior con rejilla, filtros (con mantenimiento periódico), y el intercambiador aire-tierra (las tuberías enterradas).
Además, se completa con sistemas de control como termostatos para regular el uso según temperaturas, una arqueta de registro para limpieza, un punto de drenaje para evacuar condensaciones y evitar hongos y bacterias, y un sistema de circulación de aire: puede ser activo (ventilador/extractor) o pasivo (chimenea solar).
Cómo funciona
El sistema es ingenioso por su sencillez y no requiere instalaciones complejas ni maquinaria cara. Hace falta una chimenea exterior, pequeño poste o entrada en el jardín (que tiene filtros y rejillas para que no entren bichos, polvo ni malos olores), el sistema absorbe el aire de fuera. Ese aire viaja por una red de tuberías enterradas y aquí es donde ocurre la magia del intercambio de calor:
- En invierno: como fuera hace mucho frío pero la tierra está más calentita, el aire se calienta mientras viaja por los tubos.
- En verano: debido a que en el exterior hace más calor y la tierra está más fresca, el aire se enfría en su recorrido.
Imaginemos que fuera estamos cerca de los 0 °C, pero a esa profundidad el suelo se mantiene en torno a los 15 °C. Al pasar por esas tuberías, el aire se calienta (o se enfría) “gratis” antes de entrar en casa.
Las tuberías están enterradas a varios metros de profundidad, entre 2 y 5 metros. Estas conducciones, cuya longitud y diámetro varían, deben ser estancas (deben estar bien selladas para evitar filtraciones de gases naturales del suelo, como el gas radón), resistentes, anticorrosión, con buena conductividad térmica y superficie interior lisa y antimicrobiana.
Además y para que la instalación sea la adecuada y funciones de forma correcta, las tuberías deben tener una pequeña inclinación y un desagüe para que no se charque el agua de la condensación.
Gracias a un ventilador o extractor (a veces incluso una chimenea solar natural) que se encarga de empujar o aspirar ese aire ya acondicionado, este llega hacia el interior de la vivienda.
Un sistema sostenible
Este sistema resulta muy interesante, porque ofrece varios beneficios. Por un lado, una vez instalado, el consumo eléctrico es casi inexistente: solo el ventilador necesita corriente. Y aunque requiere obra para enterrar los tubos, el mecanismo en sí no es complejo.
Además, es una opción sostenible, ya que no utiliza gases refrigerantes ni quema combustibles fósiles: energía limpia en estado puro.
También es un sistema seguro. Al no emplear combustibles líquidos o gaseosos y reducir al mínimo el uso de electricidad, te olvidas de riesgos como fugas de gas o cortocircuitos por el sobrecalentamiento de radiadores.
Ahora bien, aunque sobre el papel todo suena genial, hay algunos puntos que conviene no pasar por alto. El primero tiene que ver con la ubicación de la vivienda y el terreno donde se vaya a instalar el pozo.
La eficacia depende mucho del tipo de suelo y del clima de tu zona. En lugares con temperaturas muy extremas o con terrenos difíciles de excavar, puede que necesites un apoyo extra de calefacción o refrigeración. Aun así, el ahorro en la factura suele seguir siendo notable.
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