Hace poco tuve un pequeño problema con la tele que tengo en casa. Es una tele más pequeña que uso para sesiones de cine y no molestar a mi pareja, pero también cuando quiero usar la consola. Sin embargo, he tenido que comenzar a buscar un reemplazo y me he dado cuenta de lo difícil que está el mercado, así que ya estoy barajando la opción de comprar un monitor.
Parece que el mundo se ha puesto de acuerdo en que las casas son elásticas y mi piso, o al menos la habitación, no da más de sí. Si entras hoy a una tienda de electrónica o buscas en cualquier página web tratando de encontrar una Smart TV que llevar a casa, la oferta te grita un mensaje claro: “o es grande o te vas de vacío”. 55 pulgadas es el nuevo estándar, 65 es lo deseable y, si te descuidas, te intentan vender un proyector láser para cubrir toda la fachada de tu edificio. En mi caso, buscaba un modelo de 42 pulgadas y no quería que fuese de juguete, así que he tenido que empezar a buscar en otro mercado: el de los monitores.
Ya no las quieren pequeñas
Imagen | Antonio Vallejo
Llevo con mi tele casi 6 años y, a estas alturas, para el uso que le he ido dando no tiene ningún problema. Es una Sony 43XH8095, un modelo normalito con panel LED para acompañar mis sesiones con la consola. Sin embargo, hace unas horas recibí el aviso de una actualización vía OTA que me dispuse a instalar y todo iba perfecto… hasta que la tele dejó de funcionar. Me puse en contacto con el soporte y fue como si me dijeran: “Sayonara, baby”. Pero esto no es lo peor.
Sin servicio técnico en mi ciudad (ha desaparecido por jubilación) y ante lo elevado del precio que me suponía tener que enviarla fuera y repararla (me dijeron que era la placa y solo eso ya eran entre 300 y 400 euros), he tenido que comenzar a buscar una sustituta y, francamente, se me ha venido el mundo al suelo.
Buscando en distintas páginas de Internet y acudiendo a centros comerciales cercanos a casa, me he dado cuenta de que se repite algo parecido a lo que ocurre con los móviles compactos: es la máxima que ya conté hace un tiempo, cuando busqué una Smart TV económica para mi suegro. Vuelve a repetirse, pero también en el mercado un poco más selecto.
El desierto de la gama media-alta
Hace unos años, las 40-42 pulgadas eran el rey del mercado pero el tiempo pasa para todos y esto ya es historia. Ese tamaño hoy es tierra de nadie. Al buscar con esa diagonal me he encontrado con dos escenarios deprimentes:
- La gama baja: paneles LED mediocres, plásticos que crujen, sistemas Smart TV que van a pedales y un HDR que está ahí solo de adorno. Sí, hay teles de 43 pulgadas baratas, pero la calidad de imagen deja mucho que desear y eso no es lo que quería.
- La opción premium: puse a buscar una tele con un poquito más de calidad (mejor panel OLED, miniLED, 120 Hz...) que ya puestos y me encontré con un problema: los fabricantes casi me obligan a saltar a las 48 o 55 pulgadas. Las marcas asumen que si tienes poco espacio, tampoco te importa la calidad de imagen o eso es lo que creo.
En mi búsqueda solo encontré dos opciones que encajaban con el tamaño que quería. La primera era una Sony con Google TV, que descarté de inmediato: no solo por el problema que he tenido con la que tengo ahora, sino también por la falta de servicio técnico en mi ciudad y porque me temo que Sony, como marca de televisores, podría ir perdiendo peso a corto o medio plazo (esto último es una opinión personal; lo anterior son hechos).
La segunda opción que me gustó fue un modelo de Loewe de 42 pulgadas: pequeñita, elegante y con un sistema operativo propio basado en Vidaa, el mismo que usa Hisense. El panel se veía de lujo y el manejo era muy fluido. El problema es que esas 42 pulgadas se iban a los 1.200 euros, demasiado para mi bolsillo.
Así que me encontré con el típico callejón sin salida: o claudicaba y optaba por 50 o 55 pulgadas, o me quedaba sin nada. Pero entonces me sale la pregunta para las marcas: ¿qué pasa con los que tenemos un hueco en la pared o un mueble que no crece? ¿O con quienes, simplemente, no queremos una pantalla que se coma todo el salón?
Pues ya te lo he contado, este es mi drama: busco una televisión de 42 pulgadas, 4K y de calidad. Y, hoy por hoy, es casi una misión imposible.
La alternativa radical: un monitor de PC
Hablándolo con los compañeros, surgió la idea: ¿y si en lugar de una tele me compro un monitor de PC? Al fin y al cabo, los hay tan grandes que casi compiten con muchos televisores. Me lié la manta a la cabeza y empecé a mirar donde “no debía”: en la sección de informática. Y ahí caí en la cuenta de algo: un monitor de 43 pulgadas podría ser la salvación. Digo podría porque esta opción viene con algunos peros importantes.
Al principio, cuando empecé a darle vueltas, todo tenía sentido, o al menos sobre el papel quedaba redondo. Podía encontrar un monitor con una resolución brutal, sin nada que envidiar a una Smart TV de gama media o media-alta.
Una de mis quejas con mi tele con Android TV es que, de un tiempo a esta parte, se ha vuelto desesperantemente lenta. En un monitor, en teoría, eso debería ser historia. Aun así, tampoco es algo que me quite el sueño: tengo un Chromecast con Google TV y con eso puedo tirar sin mayor problema.
Además, un monitor me da justo lo que busco en conectividad. HDMI no va a faltar, y también aparecen otras conexiones muy útiles como DisplayPort y USB-C, algo que muchas teles directamente ignoran (al menos, ninguna de las que he mirado lo incluye).
Lo que no me gusta de un monitor
Imagen | Eva Rodríguez de Luis
Hasta aquí todo pinta muy bien, pero como ya he dicho, esta opción también tiene sus pegas, y no son precisamente detalles menores. La primera es el precio a pagar, literal y figuradamente.
Para empezar, el precio. Encontrar un monitor de estas características supone desembolsar prácticamente lo mismo que un buen televisor. No llega a los 1.200 euros de la Loewe de 42 pulgadas, pero la horquilla de 600 a 700 euros parece casi inevitable.
Irónicamente, un buen monitor de unas 40 y tantas pulgadas suele ser más caro que una tele de 50. Se considera una herramienta profesional (un producto “de nicho”), no un electrodoméstico de consumo masivo, y eso se nota en la etiqueta.
Además, el camino de sustituir la tele por un monitor no es tan sencillo por otro motivo que me hace dudar: un monitor no tiene sintonizador de antena (y mucho menos doble sintonizador). Para ver la tele tradicional, eso es un problema, porque me obliga a depender por completo de una app y de una conexión a Internet… o a comprar un decodificador externo. Y ahí está el tema: un “cacharrito” más que no me apetece tener.
Y luego está el sonido. Sí, la calidad de audio de muchas teles modernas deja bastante que desear, pero en monitores —al menos en los que he estado mirando— hay comentarios que casi te empujan a comprar una barra de sonido o a tirar de auriculares si quieres un audio decente. Otro punto en contra.
Para rematar, hay una cuestión que al principio me pasó desapercibida y que, por comodidad, es clave: muchos monitores ni siquiera traen mando. ¿Levantarme para bajar el brillo o tocar ajustes cada dos por tres? Eso ya suena a vuelta a 1980.
¿Y cómo estoy ahora?
La tele que me ha acompañado hasta ahora
Pues mientras me decido y encuentro algo que se ajuste a lo que necesito y a lo que busco, he estado haciendo de servicio técnico y he conseguido resucitar mi tele, como si fuera el doctor Frankenstein. Después de trastear un buen rato con botones y pruebas, he logrado devolverle la vida… aunque, eso sí, por el camino he tenido más de un amago de infarto y la tele ya me está dando avisos de que esto no va a durar eternamente.
Por ahora sigo buscando algo que encaje en el hueco, cumpla mis expectativas y no se dispare de precio (aunque tenga que ser a plazos). Porque o doy con la opción adecuada… o termino mudando la videoconsola al salón.
Imagen portada | Mike Mozart
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