Subir el fuego al principio ayuda a que una olla alcance antes la ebullición o a que una sartén coja temperatura. El problema llega después, cuando mantenemos la misma llama aunque el alimento ya solo necesite cocerse a fuego suave. Parte de ese gas deja de aportar algo útil al plato.
Steve Ferguson, director de la empresa británica Jefferson Gas, señala que hay que prestar especial atención justo cuando la comida alcanza la temperatura deseada. Su consejo es sencillo: “El objetivo es utilizar el calor del que realmente se obtiene algún beneficio”.
Hervir y mantener el hervor requieren potencias distintas
Una llama alta transfiere energía rápidamente al recipiente, pero el agua deja de aumentar su temperatura cuando hierve a presión normal. A partir de ese momento, aportar más calor hace que se produzca vapor con mayor rapidez. Para cocer pasta, arroz o un guiso suave, suele bastar con mantener una ebullición controlada.
Ferguson explica que un alimento a fuego lento ya no necesita la potencia empleada para llevarlo hasta ese punto. Ahí es donde, según el experto, muchas personas consumen más por no reajustar la temperatura. En la práctica, hay que bajarlo hasta la intensidad mínima que mantenga la cocción exigida por la receta.
Eso tampoco significa cocinar siempre con la potencia más baja. Dorar, saltear o reducir una salsa pueden necesitar otra intensidad. La referencia correcta es lo que sucede dentro de la sartén, no una posición fija del mando. Ajustar la temperatura según avanza la preparación evita quemar combustible sin alargar innecesariamente el cocinado.
La llama no debería escapar por los lados
El tamaño del quemador y el del recipiente también cuentan. Si la base es pequeña y la llama sobresale, una parte del calor sube por las paredes y termina en la cocina. Conviene escoger un fuego igual o algo menor que el diámetro de la olla, centrarla y comprobar que la llama quede debajo.
Esta pérdida se nota especialmente con el gas, aunque la lógica también sirve para una vitrocerámica. Usar una zona mayor que el fondo calienta superficie que el recipiente no aprovecha. La inducción concentra mejor la energía y por eso puede ser más eficiente que el gas y la vitrocerámica, pero elegir mal el tamaño sigue perjudicando el resultado.
Una tapa hace que el calor se quede en la olla
Ferguson también llama la atención sobre el recipiente. Calentar sin tapa permite que buena parte de la energía escape hacia la estancia, mientras que cubrir la olla ayuda a que el calor haga trabajo útil sobre el alimento. Energy Saving Trust cifra en torno al 10 % la reducción de energía que puede lograrse con este gesto.
La tapa resulta especialmente útil al llevar agua a ebullición y durante guisos que admiten cocinarse cerrados. Hay preparaciones en las que interesa evaporar líquido o controlar una espuma, así que no debe colocarse de forma automática. Cuando la receta lo permita, acorta la fase de calentamiento y facilita mantener el hervor con menos potencia. Es uno de los consejos habituales para reducir el consumo de la vitrocerámica.
También ayuda calentar solo el agua necesaria, evitar ollas enormes para porciones pequeñas y aprovechar el calor residual en placas eléctricas. En el horno, abrir la puerta para mirar obliga al aparato a recuperar temperatura. Son gestos pequeños, pero el del quemador tiene una ventaja clara: basta con bajar el mando en cuanto termina la fase de calentamiento.
Imágenes | Xataka con edición
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