Cerrar la casa a cal y canto durante las horas de más calor es uno de esos gestos que se hacen casi por instinto en verano: persianas bajadas, ventanas cerradas, la sensación de estar protegiendo el interior de todo lo que entra de fuera. Funciona razonablemente bien contra el calor directo del sol, pero hay algo que ese gesto no tiene en cuenta, y es que el propio aire caliente que queda atrapado dentro se comporta de una forma que juega en contra de lo que se busca.
El aire caliente es menos denso que el frío, así que tiende a subir, y ese movimiento constante genera pequeñas corrientes de convección por toda la habitación. En Xataka Home hemos hablado antes de qué mirar al comprar un purificador de aire para el hogar, y una de las cosas que rara vez se explica es justamente esta: cuanto más se mueve el aire, más tiempo tardan en asentarse las partículas de polvo que flotan en él.
Por qué el calor mantiene el polvo en el aire
Las partículas más pequeñas, las que miden entre 0,01 y 1 micra, pueden permanecer suspendidas durante semanas o incluso meses cuando nada las obliga a depositarse.
Su peso es tan bajo que necesitan muy poco movimiento de aire para seguir flotando, y las corrientes de convección que genera el calor son precisamente ese empujón constante que les impide caer sobre los muebles o el suelo.
Con temperaturas más bajas ocurre lo contrario: el aire se mueve menos, las partículas tienen más ocasiones de chocar entre ellas, se agrupan por condensación y acaban asentándose antes.
Por eso el polvo de una habitación cerrada y calurosa en pleno julio no es solo una sensación, es una consecuencia bastante directa de cómo se comporta físicamente el aire cuando sube la temperatura.
Cerrar la casa no es la solución que parece
Esto no significa que ventilar a las horas de más calor sea buena idea, porque el aire de fuera puede traer su propia carga de polen y contaminación. El problema aparece cuando se cierra todo durante muchas horas seguidas sin renovar el aire en ningún momento: las mismas partículas que ya estaban dentro (piel muerta, ácaros, pelo de mascotas, polvo textil) se quedan dando vueltas por el salón en lugar de acumularse en un punto donde sería fácil retirarlas con un paño o la aspiradora.
Quien nota más picor de garganta o los ojos más irritados en los días de más calor, sin que haya cambiado nada más en casa, probablemente esté respirando una concentración de partículas más alta de lo habitual, aunque no haya un foco de alergia estacional de por medio.
Cómo saber si el aire de casa está realmente cargado
Aquí es donde entran los purificadores con sensores integrados, capaces de medir la concentración de partículas en tiempo real en lugar de dejar la decisión a ojo. Samsung lo aplica en climatizadores como el WindFree Pure 1.0, que incorpora un sensor de polvo que registra la calidad del aire de la habitación en todo momento, incluso con el equipo apagado, y avisa por SmartThings en el móvil cuando la contaminación interior pasa a niveles deficientes.
Ese tipo de aviso soluciona precisamente el problema de fondo: sin un sensor de por medio, es fácil no darse cuenta de que el aire lleva horas cargándose, porque, a diferencia del calor o la humedad, el exceso de partículas en suspensión no se nota hasta que ya molesta.
Para quien tenga alergia, mascotas o simplemente viva en una zona con tráfico cerca de casa, es un dato que merece más atención de la que suele recibir cuando llega el calor.
Imágenes | Dall-E con edición, Samsung
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