Puse un frigorífico encastrado y ahora me arrepiento: ojalá me hubiesen dicho todo esto antes

  • Ya no es solo el calor, que puede afectar a los muebles que lo rodean. También puede afectar a la vida del aparato

  • Si hay demasiado calor el compresor debe trabajar más y por lo tanto se consume más electricidad

Jose Antonio Carmona

Editor Senior

Hace unos días comentamos cómo los frigoríficos pueden generar ruidos durante la noche, algo que en realidad es bastante normal. Sin embargo, más allá de este fenómeno, existen ciertos comportamientos que se dan con más frecuencia en los modelos encastrados (así puse uno en casa).

Con el paso del tiempo pueden surgir problemas que afectan tanto al mobiliario de la cocina como a la propia vida útil del aparato. Por eso, antes de instalar un frigorífico, conviene tener en cuenta una serie de aspectos que favorecen su buen funcionamiento y alargan su durabilidad.

Lo que ahora sí que tengo en cuenta

Foto de Alex Qian

En su momento ya mencioné un problema habitual, del que rara vez advierten diseñadores o instaladores cuando se coloca un frigorífico encastrado: la formación de una isla de calor incómoda en esa zona de la cocina. Este detalle, que suele pasar desapercibido, a la larga puede resultar molesto y perjudicial.

Por ello, antes de instalar un frigorífico encastrado es recomendable atender a una serie de detalles que ayudarán a evitar ruidos, sobrecalentamiento o fallos prematuros.

Lo primero es revisar las medidas exactas del hueco y del electrodoméstico, asegurándose de dejar siempre un margen para la ventilación de acuerdo con las recomendaciones del fabricante, normalmente unos centímetros en la parte trasera y superior. En mi caso, he dejado unos 30 cm en la parte posterior y la zona superior descubierta, lo que favorece la circulación del aire (aunque aun así se nota calor en los laterales).

Durante la instalación es fundamental garantizar una ventilación adecuada. El aire frío debe entrar por la parte inferior del mueble y el aire caliente salir por la rejilla superior. Nunca se debe empotrar el frigorífico contra la pared, sino respetar siempre el espacio necesario detrás.

Un truco útil, si notas que el mueble se calienta demasiado por los laterales, es sustituir la rejilla superior (en caso de estar cubierta) por otra con mayor paso de aire, preferiblemente metálica o más abierta que las de plástico cerrado que suelen venir en algunos kits. Esta mejora sencilla favorece la ventilación y prolonga la vida del aparato.

También resulta importante que el frigorífico cuente con una toma eléctrica independiente y accesible, nunca conectada a regletas, y que el acceso al enchufe sea fácil. Además, conviene que el cable de alimentación no esté tenso, dejando holgura suficiente para poder mover el aparato sin forzarlo.

No hay que olvidar que la superficie sobre la que se instale, es decir, el suelo, debe estar perfectamente nivelada. De lo contrario, la puerta puede quedar desajustada o el compresor trabajar de más. Las patas regulables permiten nivelar el electrodoméstico para evitar vibraciones o desplazamientos.

Es aconsejable comprobar que no existan ruidos o vibraciones contra el mueble y, si los hay, colocar topes de goma o fieltro en los laterales.

El montaje de la puerta también es clave: según el sistema de herrajes (fijos o deslizantes), hay que asegurarse de que quede bien atornillada, que abra sin rozar y que, al soltarla, se cierre sola gracias a un ligero desnivel hacia atrás.

Por último, un par de consejos generales antes de ponerlo en marcha, válidos para cualquier frigorífico, no solo los encastrados. Si el aparato ha sido transportado tumbado, conviene dejarlo reposar entre 6 y 12 horas antes de enchufarlo. La temperatura óptima suele ser de 4 °C en el frigorífico y –18 °C en el congelador, evitando ajustes extremos que únicamente fuerzan el compresor.

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