Es un gesto que nos puede parecer habitual, pero que este año ha ganado fuerza en una Europa azotada por las altas temperaturas. Llega el momento de combatir el calor y muchas personas empiezan a hacerle ojitos al mando del aire acondicionado. Sin embargo, no todo el mundo tiene un aparato de aire acondicionado en casa o puede permitirse el lujo de usarlo de forma continuada.
Puede parecer sorprendente, pero hay métodos tradicionales que ayudan a rebajar la temperatura en casa. Son soluciones que ya aplicaba en sus construcciones el arquitecto mexicano Luis Barragán, capaz de convertir el hogar en un refugio frente al estrés térmico del exterior.
Engañando al cerebro
Más allá de acciones tan habituales como abrir las ventanas cuando refresca en la calle, bajar las persianas o usar toldos y cortinas, y sin necesidad de recurrir a ventiladores o sistemas de climatización —aires acondicionados, aerotermia y similares—, Barragán ya había comprendido algo revolucionario en Ciudad de México: la sensación de frescor no solo se mide en el termómetro, sino también en cómo nuestro cerebro percibe el entorno.
Fue un visionario que supo aprovechar la iluminación, las texturas y la paleta cromática para engañar a nuestros sentidos y alterar por completo nuestra experiencia física del espacio. En cierto modo, se adelantó a lo que hoy conocemos como neuroarquitectura.
Uno de los mejores ejemplos para comprender cómo Barragán aprovechó la combinación de estos elementos es su Casa Estudio, construida en 1948 y declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO.
En esta construcción aplicó una máxima muy clara: el color y la luz no son simplemente un adorno ni sirven solo para embellecer un edificio. Un muro rosa bajo el sol vibrante transmitía calidez, mientras que un patio pintado de azul intenso engañaba al ojo y generaba una sensación de frescura y amplitud casi infinita.
De hecho, sus paletas de colores no nacían de teorías aburridas, sino del paisaje que lo rodeaba. El famoso “rosa mexicano”, el violeta de las jacarandas o los tonos tierra se integraban en sus proyectos para conectar la vivienda con su entorno natural.
Barragán también apostó por la “media luz” y las sombras. Redujo el tamaño de las ventanas y filtró los rayos del sol para crear espacios de introspección, convencido de que el exceso de luz puede generar ansiedad térmica y visual.
Además, utilizó estuco para que las paredes transpiraran y muros gruesos que funcionaban como aislantes naturales en climas cálidos.
¿Y qué hay de cierto en todo esto?
Lo llamativo es que la ciencia ha terminado dando la razón a este genio. Diversos estudios han confirmado que la luz y la iluminación pueden modificar nuestro estado de ánimo: una iluminación controlada ayuda a regular los ritmos circadianos y favorece la relajación.
El color también tiene mucho que ver. El cerebro procesa los estímulos visuales antes de traducirlos en sensaciones de frío o calor. Por eso, una habitación con los colores adecuados puede sentirse varios grados más fresca sin necesidad de alterar su temperatura real.
Imagen portada | UNESCO
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