Si pones una bomba que "chupa" directamente de la red pública, generas una depresión (presión negativa) en la tubería general
Tener poca presión de agua en casa es desesperante, y es posible que en alguna ocasión te hayas visto en una situación parecida. Si es algo puntual, no suele haber motivo para preocuparse, pero cuando el problema se alarga en el tiempo, toca buscar una solución. El verdadero lío llega cuando descubres alternativas… y resulta que no puedes aplicarlas.
Hablando con un compañero, me contó que en su casa —un piso en un edificio— varios vecinos estaban teniendo el mismo problema: en los grifos salía agua, sí, pero con muy poca fuerza. Lo peor es que, aunque les propusieron algunas opciones “típicas”, como usuario te das cuenta de que muchas de ellas no son viables en un bloque de viviendas.
Bombas de presión y depósitos
Seguro que te suenan las bombas de presión o los depósitos de acumulación. En una casa unifamiliar suelen ser soluciones relativamente sencillas, pero en un edificio la cosa cambia. De hecho, hay vecinos que intentan arreglarlo por su cuenta, y ahí es cuando puede empezar la pesadilla: lo que para uno parece una mejora, para el resto puede convertirse en un problema de convivencia (y también de funcionamiento de la instalación).
Antes de explicar por qué en un cuarto o quinto piso a veces apenas sale un “hilillo” de agua —y cuál suele ser la única salida razonable— hay que tirar de un poco de física básica y, sobre todo, de solidaridad vecinal.
Para documentarme bien, consulté a un arquitecto colegiado que me lo explicó de forma muy didáctica: qué está pasando y qué soluciones tienen sentido. Y voy a intentar contarlo igual de claro.
La clave está en la altura: ¿Qué son los M.C.A.?
Para entender por qué el agua no llega bien a los pisos altos, los técnicos usan una medida llamada metros de columna de agua (M.C.A.). Simplificándolo mucho: si a nivel de calle abriéramos un grifo apuntando al cielo, ¿cuántos metros subiría el chorro por pura fuerza?
Las compañías de agua de cada municipio (cada ciudad tiene la suya, como Emasagra en Granada, Canal de Isabel II en Madrid o Emasa en Málaga) distribuyen el agua con una presión que puede variar según la zona, la cota (altura), la red y el momento de consumo, si bien suelen garantizar una presión de entre 10 y 15 M.C.A.
La empresa de aguas de tu ciudad está obligada a mantener en la llave de registro (inicio de tu instalación interior) las condiciones de presión y caudal que figuren en tu contrato, documento en el que además se recoge, la “presión mínima garantizada” y la “presión máxima alcanzable” en la llave de registro, expresadas en kg/cm²: para hacerse una idea, 1 kg/cm² ≈ 0,98 bar ≈ 10 m.c.a. aproxímadamente.
Poniendo como ejemplo que cada planta de un edificio tiene unos 3 m de altura, basta con hacer una cuenta sencilla. Con 10 metros de presión, el agua llega perfectamente a un tercero. Con 15 metros, alcanzamos un quinto. Pero, a partir de ahí, la física gana la partida: el agua no tiene fuerza para subir más. Si vives en un sexto y la red solo empuja hasta el quinto, al abrir el grifo no saldrá nada.
Ahora, teniendo claro por qué no te llega el agua con suficiente presión a tu piso, toca ver cuáles son las posibilidades que existen para solucionar el problema.
La tubería que se queda seca
Imagina que la tubería general del edificio es una pajita gigante de la que todos beben. Si el flujo es débil, algunos propietarios deciden instalar por su cuenta un grupo de presión individual conectado directamente a la red.
En España, la instalación de equipos de aumento de presión está regulada principalmente por el Código Técnico de la Edificación (CTE), concretamente en el Documento Básico HS 4 (Suministro de agua).
¿Qué ocurre entonces? Que ese motor “chupa” con fuerza el agua de la tubería común para llevársela a una sola vivienda: la del propietario que tiene poca presión en los grifos. El problema es que esto tiene un resultado inmediato, y no será del agrado del resto de vecinos: deja sin agua a quienes están por encima de la planta en la que se instala la bomba.
De hecho, este arquitecto me contó que ellos mismos se vieron afectados por un caso similar: un local en el bajo instaló una bomba potente y, automáticamente, el vecino del octavo se quedó sin una gota. Aunque la intención no sea mala, esto no se puede hacer; técnicamente, estás robando caudal a la comunidad.
Además, los expertos citan otro posible de esta solución: al crear vacío en la tubería pública, si hubiera alguna fisura en la calle, la bomba podría succionar agua sucia del subsuelo hacia la red de agua potable.
Hay una alternativa, pero tienes pegas
La alternativa lógica para no afectar a los vecinos sería instalar un depósito propio: un tanque que se llene despacito cuando nadie usa el agua y del que tu bomba tire cuando te duchas. Suena bien, pero choca con un problema arquitectónico grave: el peso. Es algo que ya vimos cuando analizamos la problemática de las piscinas en terrazas y azoteas.
La estructura de una vivienda (el forjado) no está diseñada para soportar los cientos de kilos que pesa un depósito lleno de agua. Colocar uno en un piso es, en la mayoría de los casos, inviable y peligroso para la seguridad del edificio.
Un depósito de agua pesa mucho más de lo que parece: 1 litro equivale a 1 kg. Y un depósito “pequeño” para una vivienda suele moverse entre 200 y 500 litros, es decir, 200 a 500 kg. El problema es que los forjados de las viviendas se calculan para soportar una sobrecarga de uso de alrededor de 200 kg/m² (además de sus márgenes de seguridad).
Por eso aparece el riesgo: si instalas, por ejemplo, un depósito de 300 litros (300 kg) que apoya sobre una base de 0,5 m², estarías metiendo una carga de 600 kg/m² justo en ese punto. Es decir, unas tres veces más de lo que, en teoría, está previsto.
Esto no quiere decir que se vaya a hundir tu piso en el momento pero sí puedes provocar grietas en el techo del vecino de abajo y daños estructurales a largo plazo por deformaciones progresivas (las llamadas flechas diferidas).
La solución definitiva
Y cuando parece que todo está perdido, llega una buena noticia… y también una mala: sí existe una solución definitiva, pero no depende de un vecino por su cuenta. En este caso, tiene que aplicarla la comunidad de propietarios.
La opción correcta es instalar un grupo de presión comunitario en la parte baja del edificio, normalmente en el sótano o en la planta baja. ¿Por qué ahí? Por un motivo de seguridad: al estar sobre los cimientos (en la cota cero), es el lugar más adecuado para soportar el gran peso de los depósitos de agua necesarios para abastecer a todas las viviendas.
Desde ese corazón situado en la zona inferior, el sistema impulsa el agua con la fuerza suficiente para que llegue también a los pisos más altos, sin que nadie tenga que “chupar” de la red general a costa de los demás. Y además, el suministro público tiende a autorregularse: si la empresa suministradora detecta una mayor demanda en el edificio, puede aumentar el caudal para compensar.
¿Qué pasa si se va la luz?
Este sistema es eficaz, pero tiene una debilidad que los vecinos de los áticos conocen bien. Como estas bombas son eléctricas, dependen totalmente de la red. El día que hay un apagón general, el grupo de presión se detiene.
En ese momento, la física vuelve a tomar el mando: el agua solo subirá hasta donde la presión natural de la calle le permita (el segundo o tercer piso), dejando a los vecinos de las plantas superiores sin suministro hasta que vuelva la electricidad. Es el pequeño precio a pagar por vivir en las alturas con buena presión el resto del tiempo.
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