Puede parecer el razonamiento más lógico: apagar el aire acondicionado al salir de la habitación. Cinco minutos en la cocina, apagado. Una llamada larga en el pasillo, apagado. Parece razonable: si no hay nadie, que no consuma energía. Es una de esas convicciones que solemos tener casi todos sobre el gasto doméstico pero que nunca nos planteamos... ¿qué otra cosa podría tener más sentido?
El problema es que esa lógica ignora cómo funciona realmente un aparato Inverter moderno, que es prácticamente cualquier aire acondicionado comprado en los últimos diez años. Y cuando entiendes cómo funciona, la estrategia de "apago y enciendo" deja de parecer ahorro para parecer exactamente lo contrario.
El arranque, el peor momento
Un aire acondicionado no consume siempre lo mismo. Cuando arranca desde cero, especialmente con una habitación ya caliente, necesita trabajar al máximo de su capacidad para bajar la temperatura lo antes posible.
Ese es el momento de mayor consumo: el pico de arranque. En un aparato convencional de los de antes, ese ciclo se repetía cada vez que la temperatura subía un par de grados: el compresor se apagaba, la habitación se calentaba un poco y el compresor volvía a arrancar a plena potencia. Un ciclo continuo de tirones.
La tecnología Inverter llegó para resolver exactamente eso. En lugar de apagar y arrancar el compresor, lo que hace es modularlo: trabaja a alta intensidad hasta alcanzar la temperatura objetivo y luego pasa a un modo de mantenimiento donde consume una fracción de lo que necesitaba para enfriar.
En ese estado de crucero, el gasto energético cae de forma notable y el aparato puede mantener el salón fresco durante horas sin grandes sobresaltos en la factura.
El problema de apagarlo y volverlo a encender es que cada vez que lo haces, lo obligas a volver al pico de arranque. Y si el salón ya se ha calentado porque ha estado apagado diez minutos con las persianas cerradas y treinta y cinco grados fuera, ese pico es más alto todavía.
Inercia térmica, el elemento con el que nadie cuenta
Hay otro factor que se suele ignorar: la inercia térmica. Un salón no se enfría y se calienta de forma instantánea. Si llevas un rato con el aire acondicionado encendido y la habitación está a 24 grados, al salir diez minutos, la temperatura no va a subir más que un grado.
Cuando vuelves a encender el aparato de aire, no tiene que hacer casi nada para recuperar esas décimas. Pero si apagas y enciendes varias veces seguidas en momentos de calor intenso, cada ciclo empieza desde más arriba.
Con un dispsotivo Inverter, lo más eficiente es fijar la temperatura que quieres y dejarlo trabajar sin interrumpirlo. No es comodidad: es que así consume menos en total. La clave está en ese modo de mantenimiento donde el compresor apenas trabaja y el coste por hora se vuelve marginal.
Cuándo tiene sentido apagarlo
Dicho esto, no todo son matices en contra del apagado. Si vas a estar fuera más de una hora, apagarlo tiene sentido. También si el calor exterior es moderado y la casa se mantiene fresca por sí sola un tiempo razonable. El punto de corte varía según el aislamiento de cada vivienda, la orientación y el calor del día, pero como regla práctica: ausencias cortas de menos de cuarenta o cincuenta minutos raramente se compensan con el gasto del pico de arranque.
Otra palanca que ayuda es la temperatura objetivo. Cada grado que subes en el termostato puede suponer alrededor de un 8 % de ahorro en el consumo.
Poner el aire a 23 grados no refresca el salón más rápido que ponerlo a 25: solo consume más para superar esa diferencia extra. Con un Inverter, fijar 25 o 26 grados y dejarlo encendido de forma continua durante las horas de calor es más barato que ir a 23 con ciclos de apagado y encendido cada vez que uno se levanta del sofá.
Imágenes | Dall-E con edición
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