Tres claves para que saques el máximo partido a tus cajas acústicas eligiendo el amplificador óptimo

En un equipo de música o cine en casa todos los componentes son importantes, y, por tanto, dejan su impronta en el sonido que nos ofrece. Sin embargo, no todos están sometidos al mismo «estrés». Probablemente el elemento que realiza el trabajo más duro es el amplificador debido a que se ve obligado a lidiar con la carga impuesta por las cajas acústicas. Aunque, obviamente, no son todas igual de difíciles de «atacar».

Por esta razón, lo primero que os aconsejo mirar antes de elegir el amplificador con el que vais a excitar los altavoces de vuestras cajas acústicas es su impedancia nominal. La encontraréis en la parte trasera de cada caja, junto a los bornes de conexión a la amplificación, y habitualmente suele ser de 4, 6 u 8 ohmios. Mirad qué potencia entrega el amplificador que os gusta a esa impedancia. Es preferible, aunque no imprescindible, que al menos entregue la potencia máxima admitida por los altavoces porque, de esta forma, trabajará con más comodidad cuando incrementéis el nivel de presión sonora y mantendrá bajo control la distorsión.

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Impedancia y sensibilidad, siempre vitales

El segundo parámetro que nos interesa conocer antes de optar por un amplificador u otro es el comportamiento de la impedancia de nuestras cajas acústicas. La impedancia varía con la frecuencia, lo que provoca que algunos altavoces, los más difíciles de amplificar, experimenten caídas abruptas capaces de poner en apuros al amplificador. Algunas cajas acústicas con una impedancia nominal de 8 ohmios pueden caer en algunos momentos por debajo de los 2 ohmios, por lo que es necesario «atacarlas» con un amplificador equipado con una buena fuente de alimentación, y que, por tanto, sea capaz de entregar mucha corriente.

Otro factor determinante en la relación que se va a establecer entre las cajas acústicas y el amplificador es la sensibilidad de las primeras. Este parámetro relaciona el nivel de presión sonora que vamos a obtener con la potencia entregada a las cajas acústicas. En cualquier caso, lo que debemos tener en cuenta es que unas cajas con una sensibilidad de, por ejemplo, 90 dB, suelen ser más fáciles de «atacar» que otras de 85 dB (al menos siempre y cuando las variaciones de impedancia de ambas cajas sean similares).

Ilustremos estas ideas con un par de ejemplos. Si nos hemos hecho con unas cajas acústicas que tienen una impedancia nominal de 4 ohmios que apenas fluctúa por debajo de este valor (el diseño del filtro divisor de frecuencias influye mucho en este parámetro), y con una sensibilidad de 90 dB, podremos «atacarlas» perfectamente con un amplificador que tenga relativamente poca potencia, y que no deberá contar necesariamente con una fuente de alimentación «monstruosa».

Sin embargo, si las cajas tienen una sensibilidad de 84 dB y caídas de la impedancia bruscas por debajo de los 2 ohmios, la mejor opción será un amplificador con una capacidad de entrega de corriente muy generosa. No es imprescindible que entregue muchos vatios, pero sí que, al menos, sean de calidad. Espero que estos consejos os resulten útiles cuando tengáis que renovar vuestro amplificador o etapa de potencia.

En Xataka Smart Home | Descubre qué es la impedancia y por qué debes tenerla en cuenta para sacar todo el partido a tus altavoces

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