Si llenas siempre el depósito y no renuevas el detergente, el producto puede espesarse o separarse y la dosificación deja de ser precisa.
El autodosificador es una de esas funciones que te cambia el día… hasta que deja de hacerlo. Empieza a gastar demasiado, la ropa sale con olor raro, hay espuma de más o directamente parece que no coge producto como debería. Y ahí es fácil pensar en avería. En la mayoría de los casos, el problema es más simple: configuración y mantenimiento.
El patrón se repite porque el autodosificador no es un compartimento: es un pequeño circuito de depósitos y conductos por donde pasa detergente de forma constante. Si el producto no fluye como toca o si hay residuo acumulado, el sistema se vuelve irregular.
Culpable 1: el ajuste de dosificación, que casi nadie calibra
El primer fallo suele ser de configuración. No todos los detergentes se comportan igual. Hay líquidos más densos, concentrados, que requieren menos cantidad y fórmulas que espesan con el tiempo. Si dejas el nivel por defecto, puede que estés echando de más o de menos, y cualquiera de las dos cosas termina dando síntomas.
Merece la pena ajustar el nivel de dosificación con calma y no dar por hecho que el valor por defecto es el correcto. Si te sale espuma de más o el aclarado parece eterno, suele ser exceso. Si la ropa sale sin vida o con olor muy suave, puede ser defecto.
Y aquí entra un detalle que mucha gente no conecta: cuanto más viscoso sea el detergente o más tiempo lleve en depósito, más fácil es que la dosificación deje de ser precisa. No porque el autodosificador se rompa, sino porque el líquido deja de comportarse como el sistema espera.
Culpable 2: depósitos sucios y producto envejecido
El mantenimiento es la otra mitad del asunto. Si no se limpian depósitos y conductos, se acumula residuo, aparecen olores y la función se vuelve irregular.
Hay un error muy habitual: rellenar siempre hasta arriba para olvidarte. Si no consumes el detergente relativamente rápido, puede espesarse, separarse o coger olor, y ahí la autodosificación empieza a fallar aunque la lavadora funcione perfectamente.
Por eso el mantenimiento que lo previene no es sofisticado: es evitar que el depósito sea una despensa eterna y usar, cuando exista en tu modelo, la limpieza del cajetín o del propio sistema de dosificación.
La calibración que nos saltamos por pereza
Aquí no hace falta inventarse menús: el concepto es claro. Si tu lavadora te deja elegir nivel de dosificación, calibra con dos o tres lavados y observa. Si la ropa sale bien, pero hay espuma y aclarados largos, baja. Si sale con olor flojo y notas que “no arrastra”, sube. El objetivo es que la dosificación sea estable, no máxima.
Este enfoque encaja con cómo Samsung plantea la IA de consumo en lavadoras: sensores para ajustar y reducir ensayo y error, pero sin que eso te quite la responsabilidad de configurar bien lo básico.
Si lo quieres dejar redondo, el mantenimiento preventivo tiene dos ideas sencillas: no dejar meses el mismo producto en el depósito y hacer limpiezas periódicas del cajetín y circuitos, especialmente si notas olor o cambios en la espuma.
Imágenes | Manuel Naranjo
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