A veces el problema no es el electrodoméstico, sino cómo lo hemos colocado, lo que hace que la eficiencia se resienta

  • Puede ser que el electrodoméstico esté encajado al milímetro y sin espacio mínimo de ventilación

  • Si acumula calor, trabaja forzado y acaba consumiendo más

Manuel Naranjo

Editor

Hay decisiones pequeñas en casa que no parecen importantes hasta que pasan factura. Un electrodoméstico encajado al milímetro puede quedar precioso en la cocina, pero si le robas el aire que necesita para respirar, acabas pagando más luz, escuchando más ruido y viendo cómo su rendimiento cae sin un motivo aparente. Lo peor es que al principio no se nota: funciona, enfría, lava o seca… pero lo hace forzado, acumulando calor donde no debería.

El error típico: “si entra, vale”

Cuando colocas un frigorífico, una secadora, un lavavajillas o incluso un microondas encastrado, es fácil pensar que mientras cierre la puerta y no roce, todo está bien. El problema es que muchos aparatos necesitan espacio de ventilación para sacar el calor que generan.

Si no lo tienen, ese calor se queda atrapado en la parte trasera o en los laterales, y el electrodoméstico se ve obligado a trabajar más tiempo o con más intensidad para lograr el mismo resultado.

Es como correr con una bufanda en la boca: puedes, pero te cansas antes y te cuesta más.

Qué pasa por dentro cuando no tiene “aire”

La mayoría de electrodomésticos modernos gestionan calor de una forma u otra. Un frigorífico expulsa calor por la zona trasera y el condensador. Una secadora (sobre todo si es de bomba de calor) mueve aire caliente, lo condensa y necesita evacuarlo. Un lavavajillas trabaja con resistencias y vapor. Si todo ese calor se queda en un hueco cerrado, el aparato entra en un círculo malo: sube la temperatura alrededor, baja la eficiencia, tarda más en terminar, consume más y vuelve a calentar el espacio aún más.

En frigoríficos, esto se nota en ciclos de compresor más largos. En secadoras, en programas eternos y ropa que sale menos seca. En lavavajillas, en plásticos que quedan más húmedos o en finales de ciclo menos “finos”.

Hay pistas bastante claras, aunque no siempre las relacionas con la colocación. Si notas que el lateral del frigorífico está demasiado caliente, que la parte trasera parece un radiador, que la cocina se calienta alrededor del mueble o que la secadora echa aire caliente a lo bestia por donde puede, algo no está respirando bien.

Otra señal típica es el sonido: ventiladores funcionando más rato, zumbidos más frecuentes o un compresor que parece no descansar.

Y luego está la factura, claro. No se dispara de un día para otro, pero ese “trabajar forzado” se traduce en consumo constante.

El detalle que más se subestima: unos centímetros

No hace falta dejar un pasillo detrás del electrodoméstico, pero sí respetar el mínimo recomendado por el fabricante. En muchos casos, hablar de unos pocos centímetros ya cambia la película: aire que entra, calor que sale y electrónica que sufre menos.

El error habitual es medir solo el hueco frontal y olvidarse del fondo o de los laterales. O tapar rejillas inferiores con un zócalo sin ventilación. O apretar un frigorífico contra la pared “para que no se vea”.

Lo práctico es revisar tres cosas: la parte trasera, los laterales y la salida inferior o superior de aire (según el tipo de aparato). Si el electrodoméstico está encastrado, asegúrate de que el mueble tiene vías de ventilación reales y no solo estética.

Si no sabes por dónde ventila tu modelo, un truco rápido es sentir dónde se concentra el calor tras un rato funcionando. Ahí es donde necesita espacio. Y si puedes, evita que quede “sellado” por arriba con tablas sin rejilla, sobre todo en frigoríficos.

Con un ajuste tan simple como recolocar, separar un poco o cambiar un panel por una rejilla, el electrodoméstico vuelve a trabajar relajado. Y esa es la diferencia entre que te dure años dando guerra o que empiece con averías tontas, ruidos y consumo extra sin que tú entiendas por qué.

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