“No quería que nadie perforara un cable de corriente”: la curiosa historia de por qué el primer cable Ethernet era amarillo chillón

Rich Seifert

Antes de que existiera la fibra, conectar un solo ordenador a la red exigía literalmente taladrar el cable con una pieza llamada "vampire tap"

Manuel Naranjo

Editor

Cualquiera que haya cableado su casa con Ethernet sabe que hoy elegir un cable de red es, sobre todo, una cuestión de categoría y de longitud, como ya repasamos al explicar qué hay que mirar antes de comprar uno para no acabar con un cuello de botella en la conexión, y que el color es lo de menos.

No siempre fue así. En los primeros años ochenta, cuando Ethernet daba sus primeros pasos fuera de los laboratorios, todos los cables que usaban este estándar compartían un mismo tono, uno que resulta imposible pasar por alto.

Rich Seifert, uno de los ingenieros que participó en el desarrollo de la especificación Ethernet, lo recordó recientemente durante una charla en el Vintage Computer Festival titulada "History of Ethernet: Musings of an Early Networker".

Allí mostró un tramo de aquel cable original, cortado de un rollo que todavía conserva en casa, para demostrar lo llamativo que era: un amarillo que él mismo describe como "1968 Corvette yellow", el mismo tono que llevaban ciertos modelos del deportivo de Chevrolet de finales de los sesenta.

Un amarillo elegido, en parte, por gusto personal

La primera razón que da Seifert es tan sencilla como poco técnica: es su color favorito. Según contó en la charla, conducía un coche amarillo y tenía muebles del mismo tono, así que cuando le tocó decidir el aspecto de aquellos primeros cables de red, no lo dudó demasiado.

Es una anécdota que encaja con la imagen artesanal que tenía la informática de aquellos años, cuando muchas decisiones de diseño dependían más del criterio de un puñado de ingenieros que de un departamento de marketing.

La segunda razón, la que de verdad explica por qué se generalizó ese amarillo tan concreto, tiene que ver con la seguridad. El Ethernet original no usaba los finos cables de par trenzado que conocemos hoy, sino un cable coaxial mucho más grueso que se instalaba tendido por los techos de las oficinas.

Para conectar un equipo a la red, hacía falta un dispositivo llamado "vampire tap", que se sujetaba al cable y literalmente lo perforaba para hacer contacto con el conductor interior a través del blindaje de goma.

El problema, según explicó Seifert, es que en esos mismos techos también había cables eléctricos, y era fácil confundirlos si no se diferenciaban a simple vista. "No quería que nadie perforara un cable de corriente. No sería buena idea", reconoció. Por eso pidió que el cable de red fuera del color más brillante posible, de forma que nadie pudiera confundirlo con el cableado eléctrico a la hora de clavar la pinza.

De placas de 3.000 dólares a los pocos vatios de un mini PC actual

Aquel primer Ethernet ya ofrecía una capacidad de 10 megabits por segundo, una cifra que se adelantaba años a lo que los ordenadores de la época eran capaces de aprovechar. Lo que sí pesaba mucho más era el hardware necesario para sacarle partido: los primeros controladores de red ocupaban un par de placas de circuito de 23 por 30 centímetros, costaban unos 3.000 dólares y consumían alrededor de 60 vatios solo para mantener la conexión activa.

Da una idea de lo que ha cambiado todo esto comparar esa cifra con lo que consume hoy un equipo doméstico completo. Un Raspberry Pi 5, con su propio controlador de red integrado, funciona con una fuente de apenas 27 vatios, bastante menos de la mitad de lo que necesitaba en solitario aquel primer chip de red de los años ochenta.

Esa evolución es la misma razón por la que hoy montar una red por cable en casa es tan sencillo y barato, algo que ya explicamos con detalle al repasar qué tipo de cable de red conviene comprar según la velocidad de fibra contratada, sin necesidad de gastar de más en categorías que no se van a aprovechar.

El amarillo, eso sí, ya no hace falta: ahora cualquier cable trae su propia funda de plástico que deja bien claro qué es, sin que nadie tenga que arriesgarse a perforar el enchufe equivocado.

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