El consumo televisivo sincronizado, ese momento en que toda la familia veía lo mismo al mismo tiempo, ha desaparecido casi por completo
Había algo en aquello que era difícil de describir. A las nueve de la noche, o a la hora que tocara, la familia se ponía delante de la tele. No había alternativa especialmente cómoda. El canal lo elegía quien tuviera el mando, y los demás negociaban o cedían.
Los anuncios eran el momento para ir a la cocina. Si llegabas tarde, te perdías el principio y te lo tenían que contar. Era imperfecto, a ratos frustrante, y sin embargo tenía algo que el streaming individual no ha logrado replicar.
Ese modelo lleva años desapareciendo. Primero despacio, con el vídeo y el DVD. Luego de golpe, con Netflix y las plataformas de pago. Hoy cada miembro de la familia tiene su perfil, su historial, su lista de pendientes y, cada vez más frecuentemente, su propia pantalla.
La tele del salón compite con la tablet de la habitación, el móvil en la cama y el portátil en el escritorio. El resultado es que ver la tele juntos se ha convertido en un plan consciente y organizado en lugar de algo que simplemente ocurría.
Lo que hemos ganado
La libertad que da el streaming a la carta es real y tiene valor. Poder ver lo que quieres cuando quieres, sin depender de una programación diseñada para audiencias masivas, sin los anuncios en el momento de más tensión de la serie, sin esperar una semana para el siguiente episodio (a veces).
La calidad media del contenido disponible nunca había sido tan alta y la capacidad de encontrar algo exactamente a tu medida nunca había sido tan grande.
La conversación del día siguiente también ha cambiado de forma irreversible. Antes todo el mundo había visto lo mismo porque no había alternativa. Ahora esa conversación existe solo si coincides con alguien que está en el mismo punto de la misma serie, lo que ocurre cada vez menos. Los spoilers se han convertido en un problema real precisamente porque la experiencia ya no es sincronizada.
Lo que se ha perdido sin que nos diéramos cuenta
Lo que desaparece con el consumo individual no es solo la comodidad de ver lo mismo. Es la experiencia de compartir una reacción en tiempo real: reírse juntos en el mismo momento, comentar en voz alta sin pausar, aguantar la tensión de un final de temporada sabiendo que el de al lado lo está viviendo igual. Eso no se recupera viendo la misma serie por separado y comentándola después.
La programación lineal tenía además algo que el streaming a la carta no puede replicar: la sensación de que lo que estás viendo está ocurriendo también para mucha gente en ese mismo momento.
Los grandes eventos deportivos, las finales de concursos, los debates electorales, los Oscar en directo o el final de determinadas series siguen funcionando precisamente porque mantienen esa dimensión sincronizada. El resto del consumo televisivo lo ha perdido casi por completo.
Por qué la televisión lineal está volviendo por la puerta de atrás
Samsung TV Plus ha superado los 100 millones de usuarios activos al mes con un modelo que parece anacrónico en el contexto del streaming a la carta: canales lineales gratuitos donde tú no eliges exactamente qué ves, sino que sintonizas y te dejas llevar.
El crecimiento del 25 % interanual en horas de visualización no se explica solo por el precio, que es cero. Se explica también por qué hay algo en la televisión lineal que responde a una necesidad que el streaming individual no cubre.
Poner Samsung TV Plus y dejarte llevar por lo que está en ese momento es distinto a pasar veinte minutos eligiendo qué ver en Netflix, Disney+ o HBO. No es mejor en términos de calidad de contenido. Pero es más parecido a encender la tele de antes: sin fricción, sin decisión, sin el síndrome de la elección paralizada.
La pantalla como superficie, no como destino individual
Las teles más recientes han empezado a incorporar funciones pensadas para recuperar algo de la dimensión compartida. El Multi View de Samsung permite que dos personas vean contenidos diferentes en la misma pantalla dividida, con auriculares para cada uno. No es ver lo mismo juntos, pero es un compromiso tecnológico entre la experiencia individual y la presencia física compartida.
La gran pantalla del salón sigue siendo el lugar donde más se acerca algo a la experiencia colectiva de antes. No porque la tecnología lo haya recuperado exactamente, sino porque sentarse en el mismo sofá delante de la misma imagen, aunque sea cada uno con su serie en su mitad de pantalla, es todavía la aproximación más cercana a lo que significaba ver la tele en familia.
El momento en que eso también se traslade completamente a pantallas individuales en habitaciones separadas será el punto en que algo que definió décadas de vida doméstica habrá desaparecido sin haber sido reemplazado por nada equivalente.
Imágenes | Dall-E, Xataka con edición
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